LOS NIÑOS BIEN EN EL CONTEXTO DE LA LITERATURA POSMODERNISTA
Ilia Alvarado Sizzo
Universidad de Castilla la Mancha
Escrita por el mexicano Fernando Nachón a finales de la década de los noventa, Los niños bien es una novela que, si bien es breve, ofrece en su contenido un vasto recuento de la posmodernidad, sus valores y su problemática filosófica. En ciertos momentos de la lectura pareciera que el autor la ha escrito siguiendo una suerte de receta para la literatura posmoderna, ya que refleja perfectamente todas las características con que los teóricos describen la narrativa de tiempos posmodernos. A partir de aquí iniciaremos un breve análisis de lo que es definido como posmodernidad, su influencia en las artes, específicamente en la literatura, y la forma en que esta se manifiesta en la escritura de Los niños bien.
Es el posmodernismo, y las repercusiones de éste en la práctica literaria, el punto de partida para este trabajo. Dicho movimiento, entendido como el cambio del paradigma de la modernidad, en el que la Razón era el sentido de todo, nos lleva a concebir un mundo en el que reina el caos y el desorden; esta concepción, trasladada a los dominios estéticos, implica que en el arte es válida cualquier mezcla. A diferencia de otras tendencias, el posmodernismo no busca desafiar a su precedente, no busca competir con el pasado, simplemente está convencido de que ya no hay nada por hacer, ni bueno, ni malo, simplemente ya todo está dicho, ya todo está escrito. No queda que inventar. Sin duda, las principales características del pensamiento posmoderno son el desencanto y la falta de fe. Se han derrumbado los ídolos, todo aquello que era valorado como sagrado o superior ha sido desmitificado. Ya no existen los grandes discursos de antaño ni los grandes personajes.
En el ámbito de la literatura se da una nueva concepción de la novela al incorporar una perspectiva más amplia y un deseo de ruptura con las convenciones establecidas, para lo cual otorgan un papel importante a la parodia y al collage. Así, la parodia, el collage, el plagio y la ironía son rasgos de una ficción que pretende romper convenciones y fundir en ella tradiciones y voces diversas.
Desde el principio de la narración de Los niños bien, el autor nos deja en claro que lo que tenemos en las manos es una invención, una obra de ficción, y además, nos explica que es un amasijo de títulos, estilos y personajes preexistentes que él solamente condensa en un mismo espacio narrativo. La idea para el título de la novela, nos explica el autor en una pequeña introducción a guisa de prólogo, le vino a partir de la saga de Louise May-Alcott Mujercitas y Hombrecitos. Él mismo vio su oportunidad de imitar este tipo de literatura en-serie al encontrarse con la novela de Guadalupe Loaeza, Las niñas bien, aunque claro, en e este caso no se trata de una novela al estilo literario ni al contenido de Los niños bien, ya que como el propio Nachón explica: “No leí, ni he leído el libro de Guadalupe Loaeza, simplemente le medio copié el título” (Nachón, 1979: 9).
Además de la intertextualidad, en Los niños bien también está presente la metaficción, descrita por los teóricos como la marca esencial del impulso posmoderno en la literatura. Básicamente, la metaficción es la tendencia que se presenta en la narrativa en la cual la obra se vuelca sobre sí misma, es decir, consiste en el desenmascaramiento del proceso de crear la obra de ficción.
Esta nueva ficción, un tanto experimental, se caracteriza por la conciencia de su ficcionalidad. Esta ficcionalidad incluye una autorreflexión y una autocrítica. R. Scholes define la metaficción como un tipo de fabulación definido por su carácter experimental, por incluir diversas formas como el romance, la fábula, la alegoría, el mito. Se dirige a un mundo imaginado y lejos de la experiencia. Así, esta nueva ficción invierte el tiempo y el espacio, rechaza convenciones tradicionales, incide en la creación artística y la imaginación frente al realismo tradicional y es, ante todo, antirrealista, trata cada vez más de sobre ella misma y menos de la realidad exterior.
Quizá comprender el posmodernismo como un concepto abstracto resulta no solo complejo, sino también un tanto infructuoso, ya que la teoría, cuando no es aplicada a un objeto en concreto, resulta sólo un puñado de postulados que no llevan a ningún lado. Los niños bien nos permiten ver claramente qué es la literatura posmodernista desde cualquier componente que analicemos, ya sea que nos enfoquemos a la temática, la estructura de la narración, los personajes o el contenido de la obra.
En Los niños bien el autor nos advierte desde el principio sobre el carácter lúdico de su obra. Al abrir el libro, en la página donde aparece el título, se ha agregado la siguiente observación “(De-género: Antinovela: Ciencia Ficción Cavernícola)”. Si analizamos el porqué usa estos adjetivos para describir su novela, nos damos cuenta que no son fortuitos. En primer lugar el término “De-género” alude al género de la obra, usando un juego de palabras para decir que es una distorsión, mejor dicho una degeneración de otros géneros narrativos. Precisamente por la vastedad del universo literario, es cada vez más ecléctica, su esencia se nutre de múltiples estilos tanto del presente como del pasado. La variedad de géneros que conviven dentro de una misma obra hace casi imposible que ésta pueda ser definida con solo un adjetivo. En otras palabras, los grandes discursos en que se apoya el mundo, los fundamentos de nuestra ética, de nuestra economía, de nuestra historia e historiografía, así como de la novela, todos ellos aspectos de […] la Trama o Narrativa Semítica Occidentalizada […] amenazan con desintegrarse en una pátina de pequeños relatos. Esta disolución [es] uno de los elementos que se señalan más a menudo como característicos del mundo posmoderno. (Cunnigham, 1994: 110).
Como decíamos antes, las obras posmodernas ya no caben dentro de un mismo género, sino que se componen de fragmentos de distintos géneros. Pareciera ser que el hecho de clasificarlas como posmodernas quisiera explicar que no es posible acomodarlas dentro de ningún otro género.
Es la disolución de los grandes relatos lo que ha llevado a los teóricos del posmodernismo a hablar de la muerte de La Novela como tal, ya no se trata de una unidad, sino de una mezcla de diversos elementos de la tradición. Es por eso que Nachón nos describe su obra no como una novela, sino como una “Antinovela”, coloca a Los niños bien dentro de la tendencia literaria del posmodernismo. Es el mismo término que empleó J. Banth para describir el proceso por el que la novela rechaza el realismo y reafirma la tendencia de la obra a volverse sobre sí misma.
La figura del autor posmoderno
El escritor posmoderno es consciente de su condición como tal. Se sabe, como escritor, heredero de los grandes ídolos literarios del pasado, rival de los talentos del presente, ya sea de aquellos que han sido reconocidos como tales a través del otorgamiento de un premio oficial auspiciado por alguna prestigiosa institución (lo que reconoce su “calidad literaria”), o bien con aquéllos a los que la misma sociedad reconoce como grandes, convirtiendo sus obras en best-sellers (lo que no necesariamente los hace escritores “de calidad”). De esta forma el escritor se ve afectado por uno de los mayores hitos del posmodernismo: el peso del pasado, la sensación de ser una pequeña partícula en el universo literario. Aunado a esto se presenta también la competencia con los contemporáneos que aparecen uno tras otro en cantidades escandalosas. Así, el escritor se enfrenta a una competencia no solo sincrónica, sino también diacrónica, debe luchar por ser valorado en su época como buen autor, pero también tiene sobre sus hombros la presencia de los grandes escritores y de las grandes obras escritas en el pasado.
La idea de “gran figura” o figura pública que rodea al escritor, y de la que él mismo es consciente en el momento que declara que su ocupación es esa, viene dada por todo el peso de la tradición que rodea la idea de “el escritor” como artista, creador, iluminado, genio, criatura atormentada pero aún lo suficientemente sensible para plasmar su sufrimiento en papel. A pesar de sentir el aura mitológica que rodea a su oficio, el escritor posmoderno es también consciente de que no es más que eso: mitología. El sabe mejor que nadie que su oficio no cuenta con ninguna ayuda divina y es consciente de todos los obstáculos y limitaciones inherentes a su profesión. Esto mismo es lo que Valentine Cunnigham explica cuando habla de la situación del posmoderno:
La posmodernidad pretende desmitificar la “autoridad” del autor. El paradigma del autor posmoderno es el “homo viator”, un hombre consciente de su estatus culturalmente constituido y siempre en el camino. El autor es un-ser-en-el-mundo y su actividad creativa se caracteriza por la incertidumbre de la exploración y del descubrimiento (1994: 66).
Consciente de su condición de autor, es también consciente de su condición de ser-en-el-mundo, su obra necesariamente refleja su experiencia vital, esto no significa que todo lo que se narre sea autobiográfico, sino más en el sentido de saber que lo que escriba estará seriamente influenciado por su experiencia como lector de otras obras y otros autores. La idea es que un texto manifestará siempre similitudes con otros porque éste se encuentra inscrito en la tradición y es imposible combatir contra su sombra. Puede ser que en ciertas partes el estilo narrativo concuerde con un autor “x”, o que un personaje se parezca demasiado al de “n” número de historias, o tal vez la historia en sí es una variante de otra ya escrita antes. Cunnigham expresa:
Es la enormidad del pasado, así en lo referente a su calidad como a su cantidad, lo que tanto impresiona a la literatura actual […] El escritor contemporáneo es el último de una larguísima fila (1994: 112).
Entendemos entonces la postura del autor posmoderno frente a la tradición: es imposible derrocarla o superarla, pero sí es posible “reciclarla”, reutilizarla dentro de sus obras.
Nuestro autor, personaje principal de Los niños bien, es el retrato del escritor posmoderno: siempre se halla en el proceso de creación, a mitad de la escritura, enfrentándose a los representantes de la tradición, desafiándolos pero incapaz de superarlos. A pesar de esta incapacidad es un niño bien, pertenece a una élite privilegiada. En este caso intuimos que esa élite es la de los artistas y como tal vive atormentado en busca de la inspiración: “desea escribir libros gordos, como los que aspiran al Premio Nobel, pero nuestro autor es honesto con los lectores y con el diccionario” (p. 17).
Al colocar al personaje dentro de ese solio aristócrata reservado para los grandes artistas, la narración está haciendo referencia al modelo literario modernista. La literatura de James Joyce o Virginia Wolf por ejemplo, caracteriza por un tono aristocrático, elitista, que defiende la originalidad del artista, ignora el contexto o realidad política, social o económica en función de una perspectiva intimista dominada por la experiencia personal.
La literatura modernista, por otro lado, se encierra en un hermetismo cultista que excluye la cultura más popular. La mente del artista ordena y organiza el mundo exterior. Una manera de organizarlo es distinguir claramente entre los niveles de realidad y ficción. Esto no ocurre en la literatura posmodernista, en la que, como sucede en Los niños bien, se mezclan elementos de la alta cultura y la cultura más popular, por ejemplo el uso del lenguaje; y es difícil distinguir los límites entre realidad y ficción.
Elementos de metaficción en Los niños bien.
En la narrativa posmodernista se desarrolla una actitud autoconsciente y autorreflexiva. Ésta se manifiesta a través de la exposición deliberada del proceso de la obra, es decir, llama la atención sobre la forma y construcción de la ficción. De alguna forma, el autor hace constantes guiños al narratario para que se entere de la ficcionalidad del relato. Esta tendencia en la que la obra se vuelve sobre sí misma, es lo que se ha denominado metaficción el surgimiento de ésta ocurre en el momento en que el escritor –al observarse a sí mismo en su quehacer creativo- se comienza a plantear cuestiones en torno a la creación literaria. Éstas pueden girar en torno a […] la fuente o las fuentes de las que surge el material novelesco o la preocupación por la reacción del lector (Doltras, 1994: 175).
Concretamente hablando de la preocupación por la reacción del lector, tenemos momentos en que la narración se aboca directamente a aquél, adelantando incluso su reacción, en una suerte de diálogo literario.
¡Qué cómodo! -Dirán ustedes. Ahora este autorcete mata a su padre para librarse de embrollos, ¡que se vayan a la mierda! Cerremos el libro- pero no, no lo cierren, deténganse (p.13)
En cuanto a las fuentes de la novela, Los niños bien se forma a múltiples referencias de la literatura universal, bien sean autores, personajes, títulos, obras, o calcas de estilos. Uno de los principales personajes de la narración es el chofer de nuestro autor, un tipo llamado Kundera, que viene de Milán y cuyo nombre de pila es Checo, quien además es autor de reconocidas obras literarias como La inmortalidad del cangrejo, La broma de diez toneladas, La incómoda levedad del ser. Kundera, además de ser chofer de Nuestro Autor, encarna la figura de autoridad del “buen escritor” a quien Nuestro Autor ignora olímpicamente en lo que a literatura se refiere; quizá por no dejarse guiar por los consejos de un autor que ya ha alcanzado la fama es que nuestro autor no ha logrado consolidarse él mismo como escritor. “El patrón lo quiso así, es un necio por eso escribe como escribe” (1997: 42) Dice Kundera a otro personaje-escritor que aparece en el relato, nada menos que “Afamado García Márquez”, custodiado por sus mariposas amarillas. La relación entre Nuestro Autor y Kundera es la metáfora de la lucha contra el padre, ese renegar del pasado y desafiar a la autoridad, conflicto que Nuestro Autor da por zanjado cuando dice a Kundera: “y tú no me vuelvas a llamar envidioso, porque si no envidio a San Juan de la Cruz, menos te voy a envidiar a ti” (p. 35).
Siguiendo la línea del desafío a la tradición, la narración confronta a Nuestro Autor con muchos de sus predecesores artísticos, no obstante, él queda en un plano superior ya que, nos dice, posee:
Inteligencia superior a Nietzsche, Voltaire, Víctor Hugo, Beethoven, Balzac, Racine, Deleuze y Foucault… Tenía tantos cerebros en uno que lo único que le quedaba al pobrecito era esperar la muerte… (p. 57).
Aquí aparece de nuevo con la abrumadora presencia del pasado. Si bien Nuestro Autor tiene la sabiduría de todos estos grandes escritores y filósofos, es incapaz de superarlos y sólo le queda morir con su grandeza inédita. Este pasaje es una buena metáfora del pensamiento posmoderno: se tiene tanta información y hay tanto por hacer que finalmente no sabemos nada y no podemos hacer nada que supere las glorias del pasado. Una especie de saberse mejores y no poder demostrarlo.
Si a estas alturas de la narración, Nuestro Autor ya no es el narrador, sino un personaje más, entonces es lógico que se niegue a seguir los dictados de otros narradores, y por narrador nos referimos a las figuras literarias que mencionamos antes. Para corregir esa rebeldía del personaje, aparecen enviados por Voltaire sus dos personajes más célebres, Zadig y Cándido, el uno marcado por su creencia en el destino, y el otro por su fe en la justicia cósmica. Como Nuestro Autor es un personaje indómito que no está dispuesto a someterse a normas de ningún tipo, manda a cada personaje a casa de su correspondiente novela sin hacer ningún caso de sus consejos. El posmodernismo no cree en el destino, mucho menos en el orden cósmico.
Antes mencionamos la calca del estilo que se hace en la novela. Al igual que los clásicos españoles, por ejemplo Don Quijote de la Mancha, los capítulos se inician haciendo una breve descripción de lo que se va a contar en él. Por citar un ejemplo, el capítulo XVL de la segunda parte de la novela de Cervantes se titula: “De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar”. Así, tenemos en Los niños bien capítulos titulados: “De cómo el pimpos abrió los ojos.” , o “De cómo vivía nuestro autor.” , por mencionar algunos.
De alguna forma Los niños bien es la lucha para no dejarse llevar por la tradición, de no estar subordinado a los grandes sino, por lo menos en la ficción, ponerlos como criados o viviendo en basureros, desafiando su grandeza. También, la novela cuenta la batalla de un escritor consigo mismo, con sus vicios y debilidades, con el miedo que le rodea, para poner en orden sus ideas y organizar la escritura, lo cual no logra a pesar de ser un privilegiado niño bien, predestinado al éxito:
Nuestro Autor traducía mal su propia novela porque no sabía qué hacer con las palabras, él creía que solo tomándolas como esclavas lo obedecerían igual que niñas sin padre, pero se equivocaba, pues éstas giraban en su propio eje (p. 22).
En Los niños bien se da entonces lo que Dotras llama “un proceso de civilización de la novela por el que ésta se convierte en objeto de sí misma” (1994: 176).
Proceso que es característico de las novelas de metaficción. Ejemplo de ese proceso de novelización lo encontramos a lo largo de toda la narración, las referencias al desarrollo de la creación y todo lo que esta conlleva son una constante:
Decían que para que una novela fuera clásica tenía que ser costumbrista (p. 15). Hay muchas maneras de mirar, como hay muchas maneras de escribir. (p. 27) - ¡Escribe bien! Piensa lo que vas a hacer. (p. 31) ¿Cuándo has visto que un autor se gane al público siendo severo y gandalla con su más cercano trabajador? (p. 36) Tomó la avenida principal de la novela y de la colonia hasta entrar al periférico. (p. 44) No puedo escribir porque todos mis personajes toman, si todos mis personajes toman, esto será una novela borracha, y ¿quién quiere una novela ebria? (p. 71).
Otro elemento de la escritura posmoderna es que “en la metaficción posmoderna la problemática se centra en el hecho de escribir, en la escritura en sí misma, lo que provoca un mayor grado de autorreflexión lingüística “(Dotras, 1994: 178).
Esta autorreflexión la encontramos en Los niños bien específicamente cuando aparecen determinadas palabras en cursivas para llamar la atención sobre construcciones verbales exageradamente rebuscadas o por el contrario, demasiado coloquiales, como haciendo un guiño al lector sobre el hecho de que están puestas ahí deliberadamente: “que iba con la fiereza de un antifaz. Pero que literario me pongo… le aceleraba como si fuese un guepardo inmortal” (p. 14)
Con estos ejemplos vemos el empleo lúdico que hace la instancia narrativa de la tipografía cursiva como recurso metafictivo.
Uno de los rasgos más trascendentes de las novelas de metaficción es el hecho de que la conciencia artística del autor se manifiesta en la presencia de éste al interior del relato, o bien, en la autoconciencia del personaje de ser un ente de ficción, lo cual nos dice Dotras es una de las formas en que se proyecta la problemática en torno a las relaciones entre el escritor y su obra. Estas preocupaciones las encontraremos reiteradamente a lo largo de la escritura de Los niños bien, donde se da un juego entre personaje-narrador, que sin embargo no lo es porque el relato está llevado en tercera persona, pero cuyo nombre, Nuestro Autor, nos indica que él es el autor de la historia que estamos leyendo. Esto hace difícil determinar los niveles narrativos, ya que hay momentos en que el narrador se desdobla en Nuestro Autor, o bien, momentos en que Nuestro Autor es consciente de su condición de narrador y se adjudica la omnipotencia sobre el relato, él es capaz de quitar y poner acontecimientos dentro del sistema narrativo y se convierte en el escritor-personaje sobre el cual gira la historia. La propia narración, en un momento claramente autorreflexivo, nos habla sobre esta problemática del personaje-narrador “no puede crear mundos porque él es un mundo y Nuestro Autor no puede ser Nuestro Autor porque sería una irreflexión teórica el hecho de que así fuera” (p. 17).
Aquí mismo queda claro que el personaje es prisionero de la narración “Nuestro Autor tiene una máquina de escribir y ésta lo tiene a él “(p. 24). Con lo que quiere decir que aunque aquel personaje escriba su historia, no deja de ser parte de la misma.
En uno de los capítulos de Los niños bien tenemos un pasaje donde parece que el narrador se ausenta por un momento de su función para observar desde afuera las acciones de los personajes, como si éstos fuesen autónomos y no estuviesen sujetos a los dictados de la instancia narrativa: “Y si me entrometo demasiado es porque estoy dando tiempo a Kundera y al autorcete a ver qué chingados deciden hacer” (P. 33).
En todo el relato se da este juego en que el autor habla de la posición de Nuestro Autor, o bien éste se mueve a través de la narración sabiendo lo que va a suceder, o con total conciencia de que él es el autor de la historia y puede acomodar los acontecimientos que vienen a continuación a su conveniencia. Pero no es el único que está consciente de su condición de ente de ficción, casi todos los personajes mencionan en uno o varios momentos que están sujetos a los designios de la narración y se someten pasivamente a esto. En otros momentos los personajes quitan al narrador su aparente calidad de instancia omnisciente, al apropiarse de frases que justo antes estaban en manos del narrador:
-Lo idiota y lo asesino lo sacó de su familia –dijo Don Márgaro alisándose el bigote y acusando por acusar.
-Pero lo orgulloso y lo borracho o sacó de usted –refunfuñó Don Eugenio también acusando por acusar.
-No nos acusemos por acusar. Las cosas no están para eso –Don Márgaro Chasqueó los dedos (pp. 46-47).
Aún los personajes reales insertos en la narración son capaces de distinguir entre la realidad y la ficción. Kundera sabe que es, en la vida real, un escritor famoso, pero como personaje de ficción se sabe subyugado a la voluntad de Nuestro Autor, e incluso acepta pasivamente el hecho de que el protagonista rechace en todo momento sus consejos literarios. Kundera es plenamente consciente que ha sido sustraído del mundo real y convertido en el personaje de otro autor y es, por tanto, dependiente de ese autor.
Antes se dijo que Los niños bien puede ser la metáfora del escritor contemporáneo que desafía la tradición. Pues bien, una vez que se han analizado los elementos de metaficción presentes en esta novela, como las dicotomías de realidad/ficción, autor/narrador y el poner de manifiesto a cada momento las convenciones literarias, el funcionamiento de la imaginación, la inspiración artística y el acto de leer, la novela se percibe también como una mirada retrospectiva del autor hacia su propio recorrido por el proceso de creación literaria.
¿Qué es un niño bien?
Para responder a esta pregunta, y hacernos una idea del personaje principal, la propia narración nos hace un esbozo de lo que es un niño bien, la forma en que vive y los privilegios de los que goza, así nos enteramos por Nuestro Autor:
Como es un Niño Bien, vive en el seno de una familia tirada al más por menos; porque el techo de su casa es alto con paredes delgadas aunque fuertes […] vive en México Distrito Federal en la colonia más rica de todas, que es dueño de noventa y seis casas, tres minas de carbón en Brasil, una plantación de algodón en Chilpancingo y tres yates […] Nuestro Autor nació en el hospital más caro de México, en la sala de partos más cara del mundo y en medio de enfermeras rubitas y de ojos azules. Nuestro Autor es un Niño Bien, porque parece que todo lo hace bien (pp. 13-17)
En primer lugar queda claro que la condición de niño bien va ligada al poder económico. Desde el nacimiento todo lo que rodea a estos individuos es siempre lo más caro. Además se propone a un ideal de belleza que va ligado al hecho de tener la piel blanca y los ojos claros. No solo las enfermeras del hospital en que nació son rubitas y ojiazules, sino que él mismo encaja en ese canon estético: “su cara era alargada, blanca, con pelo negro como la noche y los ojos azules como el ausente mar” (p. 15). Entonces, su pertenencia a la élite de los niños bien se da función de sus bienes materiales y su apariencia física, factores decisivos para poder ser considerado como tal.
La Princesa del Nopal.
Si en el posmodernismo se deja de creer en los grandes discursos y dentro de éstos se encuentra el concepto del amor, ¿qué pasa con la idea de amor eterno como la razón y causa de toda acción humana que había prevalecido en la mayoría de corrientes artísticas precedentes? La respuesta a esto se plantea en Los niños bien con el personaje de La Princesa del Nopal.
En un “arrebato literario”, Nuestro Autor se enamora de La princesa del Nopal. Al principio el protagonista encuentra en la Princesa un remanso de paz y ve realizadas en la débil criatura sus expectativas amorosas. Lógicamente este enamoramiento da paso en seguida a la indiferencia, rasgo típico de las acciones del personaje:
De los puros nervios, esas semanas habían sido de follar y follar… pero con la limousine. Porque Nuestro Autor ya ni miraba a mujer alguna, solo deseaba pasear en el auto (pp. 29-30).
El desencanto hacia La Princesa es sintomático de la desaparición de los grandes mitos, entre los cuales el amor es el más recurrido de ellos. Como parte de este juego de ironías que pretende derrumbar la imagen del amor inmortal, los personajes son, al igual que en los cuentos de hadas, un príncipe joven, guapo y rico, por eso el alma gemela de Nuestro Autor es una “princesa”, no importa si su noble linaje tiene al nopal como heráldica. Pues bien, muy pronto nos damos cuenta de que ese amor idílico, en el que el héroe rescata a la damisela y obtiene el derecho de pedir su mano, no es tal, sino una versión totalmente contraria. Por su parte, el príncipe de la historia es un escritor frustrado, gordo, alcohólico, y, por si fuera poco, se dedica a la trata de blancas. La Princesa “desventurada, siempre delgada y siempre maravillosa” (p. 25) muestra una personalidad que queda muy lejos de la de las heroínas de los cuentos, al cabo de un tiempo no hace más que cuestionar las actividades de su media naranja y reprocharle su propia infelicidad, lo cual hace además, con lenguaje nada apropiado para una princesa:
La Princesa del Nopal lo recibió con mentadas de madre. Ella no estaba segura de su amor, se sentía como esas nodrizas sin hijos propios, o como poetas sin bellas musas. (Sin agraviar a Nuestro Autor)…
-¡¡ ¿Para esto me atropellaste?!!- preguntó nuestra Princesita y se enjugó una lágrima más franca que un santo:
-¡¡ ¿Para esto me atropellaste?!!- CABRÓN CULERO e inédito (p. 43).
De esta forma, la imagen de damisela frágil, sumisa y digna de ser amada por un príncipe, es destruida de una manera violenta para el lector, rompiendo así el mito del “y vivieron felices para siempre”, o, lo que es lo mismo, descarta la idea del amor eterno como la salvación del hombre. Finalmente, la princesa se aparta completamente del estereotipo de mujer sumisa y frágil cuando decide engañar a Nuestro Autor con Kundera, el chofer. Esta situación tiene sin cuidado al cornudo que está, literalmente, “vacunado” contra los celos.
Ya que obras como American Psycho y Los niños bien tienen por protagonista un personaje cuyas acciones están llevadas por el absurdo, es lógico que la estructura novelística resulte también un tanto absurda, carente de argumento coherente. Las acciones al interior no guardan una conexión entre sí. Como lo explica M. González “Son novelas en las que apenas hay una línea argumental. Simplemente se reproducen sucesos aislados a través de cómo los sienten” (1994: 108).
En Los niños bien, para enfatizar aún más la incoherencia de la estructura narrativa, aparecen personajes y situaciones inverosímiles que sin embargo sí tienen un cometido dentro de la historia: tratar de corregir a Nuestro Autor y encaminar la novela hacia una estructura más coherente. Esta estructura desarticulada es característica de la novela posmoderna. En tanto que la novela modernista buscaba la coherencia y se organizaba siguiendo una estructura mediante la cual el artista ordena la novela y quiere al mismo tiempo ordenar su vida y el mundo exterior, el autor posmoderno no busca ordenar su entorno, asume la incoherencia y el caos y por lo tanto, disuelve el concepto de estructura. Como consecuencia de esta pérdida de coherencia, la obra deja de tener un significado final y absoluto para adoptar un significado que cambia constantemente. Es un significado diverso, irracional y contradictorio, puesto que se crea en cada momento y según el punto de vista desde el que sea leída.
Conclusiones.
Hemos desarrollado el análisis de Los Niños Bien tomando en cuenta los postulados de la literatura posmoderna. Así, vemos que en el paradigma posmoderno la literatura, al igual que sucede en los demás ámbitos culturales y sociales, trata de alejarse de la tradición, a la vez que no puede prescindir de ella. Esta idea de ruptura-dependencia es explotada por Nachón en forma metafórica dentro de la ficción. La manera más clara en que se esquematiza esa rivalidad es la aparición como personajes de la trama de escritores conocidos o de otros personajes creados por otros autores.
Hemos visto que en la literatura posmoderna surge una nueva tendencia. La nueva novela elimina la trama rechazando la estructura tradicional de la obra de ficción. El autor posmoderno no trata ya de presentar hechos y personajes verosímiles, puesto que no intenta reflejar una realidad exterior de cuya existencia no tiene ninguna certeza. Como el autor no está sujeto a ninguna convención literaria, no tiene ningún límite que restrinja su material, solo cuenta con las barreras que le impongan su imaginación y los límites del lenguaje. Este eclecticismo se representa claramente en Los Niños Bien, hay una mezcla increíble de elementos de alta cultura con elementos coloquiales, de personajes de literatura de diferentes épocas y de estilos narrativos. Nachón no tiene ningún empacho en tomar personajes e ideas directamente de otros escritores y reutilizarlos en su ficción, esto se debe a que el escritor, esto se debe a que el escritor posmoderno se da cuenta de que él no es el creador de su obra, ya que ésta se compone de diversos fragmentos aleatoriamente relacionados, por lo que la idea de plagio y repetición sustituye al concepto de originalidad.
Lo anterior enlaza con el nuevo papel que asume el lector en la literatura posmoderna. El lector se revela como un factor básico, ya que al momento de leer la obra vuelve a escribirla, así la interpretación de la obra literaria da paso a una multitud de lecturas procedentes de cada uno de los lectores. Estas múltiples interpretaciones reflejan la pluralidad de realidades que asume la posmodernidad. En nuestro análisis podemos llegar a diferentes conclusiones sobre la novela de Fernando Nachón: a) Nuestro Autor es la figura del autor posmoderno y su lucha con el desorden interno y, a la vez es su rebeldía contra los dogmas de la tradición; b) como reflejo del derrumbe de valores que ocurre en la posmodernidad en Los niños bien nos encontramos constantemente con alegorías de esta ambigüedad en los valores culturales y humanísticos: el amor no es eterno, la familia no existe, no hay solidaridad; dicho de otra manera, al igual que en American Psycho, lo único que importa son las apariencias, el exterior; c) el absurdo en la estructura novelística es reflejo del absurdo que aparece en el paradigma posmoderno, si ya no hay modelos ni normas a las que ceñirse, es difícil desarrollar una escritura coherente.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
CERVANTES, Miguel de
2004 El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha. Madrid: ABC.
CUNNIGHAM, Valentine
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DOTRAS, Ana
1994 La novela española de metaficción. Madrid: Jucar.
ELLIS, Bret Easton (1991), American Psycho. Barcelona: Ediciones B.
GONZÁLES DE LA ALEJA BARBERÁN, Gabriel
1993 “American Psycho: El hombre murciélago lleva calzoncillos Ralph Lauren” en VI Jornadas de Literatura Norteamericana. Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá de Henares.
NACHÓN, Fernando
1997 Los niños bien. México: Fontamara.
SÁNCHEZ –PARDO GONZÁLEZ, Esther
1994 “Ficciones de la Teoría/Teorías de la Ficción. Versiones del posmodernismo norteamericano”, en Álvarez Rodríguez, Román (ed.), El espectáculo de la cultura. Cáceres
viernes, 13 de marzo de 2009
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